Entre la fe y la política

Por: Ariel Romero

El espejismo de la ética

Hay palabras que brillan más de lo que pesan. “Ética” es una de ellas. Se pronuncia en campañas, se imprime en códigos institucionales y se proclama desde púlpitos y tarimas. Pero entre la fe y la política, la ética muchas veces se convierte en un espejismo: parece cercana, pero cuando intentamos tocarla, se desvanece.

La fe propone una ética del corazón: coherencia entre lo que se cree y lo que se vive. La política, en su mejor versión, debería encarnar una ética del bien común. Sin embargo, en la práctica cotidiana, ambas esferas pueden caer en la tentación del discurso sin sacrificio.

En la tradición bíblica, la ética no era decorativa. Los profetas denunciaban la hipocresía religiosa cuando el culto no se traducía en justicia social. No bastaba con orar; había que practicar la equidad. No bastaba con proclamar valores; había que defender al débil. La ética era una consecuencia, no un eslogan.

En el ámbito político contemporáneo, vemos códigos de ética que no siempre frenan la corrupción, discursos sobre transparencia que no siempre iluminan las decisiones reales y llamados a la moral pública que no siempre resisten la presión del poder. El problema no es la ausencia de normas, sino la falta de convicción.

El espejismo surge cuando confundimos reputación con rectitud. Un líder puede parecer ético porque comunica bien, porque cita principios o porque se rodea de símbolos religiosos. Pero la ética verdadera no necesita escenografía; necesita renuncia. Y renunciar es costoso en un mundo donde la popularidad y la influencia se miden en cifras.

La fe, cuando es auténtica, incomoda al poder. No se arrodilla ante intereses particulares. No negocia la justicia por conveniencia. Y la política, cuando es digna, entiende que gobernar no es administrar privilegios, sino responsabilidades.

El gran desafío está en la coherencia. La ética no puede ser selectiva: no puede activarse para criticar al adversario y apagarse cuando el aliado falla. No puede ser severa con el débil e indulgente con el poderoso. La ética que cambia según la conveniencia no es ética; es estrategia.

Entre la fe y la política, el ciudadano observa. Y ese ciudadano ya no se conforma con discursos. Quiere hechos. Quiere instituciones que funcionen, líderes que asuman errores, comunidades de fe que practiquen lo que predican.

Tal vez el primer paso para romper el espejismo sea admitir que la ética no es un accesorio del poder, sino su límite. No es una herramienta para ganar elecciones ni para ganar adeptos, sino un compromiso que puede costar votos o prestigio.

Cuando la fe ilumina la política sin manipularla, y cuando la política respeta la fe sin instrumentalizarla, la ética deja de ser una ilusión y se convierte en fundamento.

La pregunta no es si hablamos de ética. La pregunta es si estamos dispuestos a pagar el precio de vivirla.

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